Valores Cristianos.
Valores Cristianos. La Decencia.
DECENCIA (Definición)
Valor moral que nos impide avergonzar o herir la sensibilidad ajena, respetando las buenas costumbres o las conveniencias sociales. Es el valor que da dignidad a nuestros pensamientos, a nuestras palabras y a nuestros actos.
DECENTE (Definición)
Aplicase a una persona limpia, aseada y arreglada, en cuya conducta o estilo de vida se pueden apreciar valores y costumbres de buena calidad y en cantidad suficiente.
Todos nosotros podemos aplicar un poco de sentido común y ver que a nuestro alrededor la mayoría de los seres humanos ha dejado de practicar éste valor cristiano (Decencia).
Pareciera que el ambiente que nos rodea se ha diseñado para rechazar las buenas costumbres y cerrar los oídos a toda norma moral.
Las personas suelen perder el respeto por las buenas costumbres y al hacerlo terminan perdiendo el respeto por sí mismas y por sus semejantes. Hemos dejado de preocuparnos por la sensibilidad de nuestro prójimo en un falso intento de ser sinceros o francos.
Es esa falta de sensibilidad la que nos ha llevado a toda clase de delincuencia: violaciones, asaltos, homicidios, abuso de drogas, etc.; son el día a día del común de las personas.
En medio de toda ésa incapacidad de ser sensibles, es refrescante encontrar personas capaces de compadecerse ante el dolor ajeno, sensibles a la necesidad de sus semejantes, respetuosos a las ideas de su prójimo aunque estas difieran de las suyas.
Debemos ser los Hijos de Dios los que sostengamos el estandarte de la decencia, los que vivamos este valor como un principio que rija nuestras acciones, los que mostremos al mundo que se puede alcanzar mejor gozo cuando renunciamos a herir la sensibilidad de nuestro vecino.
Las Escrituras nos muestran que la decencia es un valor que Dios espera exista en todos sus hijos:
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. 2ª Timoteo 2: 15.
Conforme el hombre espiritual crece y se forma en nuestro interior, desarrolla cualidades que nos transforman y nos permiten pulir nuestra personalidad y conducta de tal forma que dejamos de avergonzar a los demás, logramos evitar el sentir vergüenza de nosotros mismos y finalmente somos capaces de honrar, es decir de hacer sentir a nuestros semejantes satisfacción y orgullo debido a su relación con nosotros.
Quisiera mediante el estudio de las Sagradas Escrituras proponerte una estrategia de dos pasos para conseguir que nuestras acciones sean agradables a Dios y a los hombres.
Mientras estudiamos, te invito a reflexionar sobre el nivel en que has logrado vivir el valor moral de la decencia.
Nuestra Forma de Pensar.
Vamos a suponer que eres una persona expresiva y disciplinada y que al final de cada día te tomas el trabajo de escribir en tu diario los pormenores de tus actos, anotas con cuidado la impresión que te causan tus amigos, tus familiares, tus vecinos...pero vas mas allá y anotas tus sentimientos hacia ellos; describes con cuidado las reacciones que tienes frente a cada conocido y también anotas tus aspiraciones, tus sueños, tus deseos y....tu nombre.
Ahora vamos a sacar copias a tu diario y lo hemos de distribuir entre todos tus conocidos.
¿Te sentirías avergonzado si los demás conocieran realmente tus pensamientos?, ¿lastimarías a alguien si se diera cuenta al leer tu diario de lo que realmente piensas acerca de él?
Y si ahora te digo que será Dios quien revise tus pensamientos, ¿Cómo te sientes?
“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda”. Salmos 139: 1 al 4
Pues bien, la decencia comienza cuando tomas el control de tus pensamientos y te propones trabajar con ellos; los seleccionas en categorías y guardas solamente aquellos que son capaces de edificarte a ti o de servir a tu prójimo, aquellos de los que no te avergonzarías de mostrárselos al mismo Dios y el resto los desechas.
¿Parece fácil no? ...Realmente es muy difícil y solo se logra después de mucha disciplina y esfuerzo.
Jesús enseñó que hemos de responder ante Dios aún por nuestros pensamientos:
“Oíste que fue dicho: no cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Mateo 5: 27-28
En este verso el maestro no pretendía solamente asustar a quienes van por la vida pensando en satisfacer sus deseos carnales.
Mas bien, el asunto detrás de la letra en este texto es que Dios nos está haciendo responsables no solo de nuestras acciones sino también de nuestros pensamientos y sentimientos,...es como: una invasión a la privacidad.
A veces pensamos que al maquinar pensamientos inicuos no avergonzamos a nadie pues nadie se da cuenta, Job nos hace ver lo contrario:
“Respondió Job a Jehová, y dijo: Yo conozco que todo lo puedes, Y que no hay pensamiento que se esconda de ti”. Job 42: 1-2
“Abominación son a Jehová los pensamientos del malo; Mas las expresiones de los limpios son limpias”. Salmo 15: 26
De forma, que podemos asegurar que nuestros malos pensamientos avergüenzan al Todopoderoso porque somos sus hijos y por consiguiente nos hacen lucir viles a sus ojos.
¿Como reparar nuestros pensamientos?, conviene comenzar por pedir a Dios que haga una evaluación o diagnostico de ellos:
“Examíname, Oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno”. Salmo 139: 23-24.
Lógicamente la primera vez que hagamos este ejercicio saldremos muy mal evaluados, pero no es momento de temer sino de poner manos a la obra, debemos emprender con empeño el proceso de aprender a pensar con limpieza, con rectitud, con propósito.
De la calidad de nuestros pensamientos depende en que clase de personas nos convertimos:
“Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él”. Proverbios 23: 7
Algunos estarán pensando que es imposible limpiar nuestra mente.
Dejar de maquinar perversidades o desistir de hacer subir a nuestra mente pasiones desordenadas parece una tarea imposible, pero el sabio nos muestra que se puede lograr:
“Los pensamientos de los justos son rectitud...”. Proverbios 12:5
El primer paso a dar es suplicar a Dios su ayuda, su intervención, su consejo:
“Encomienda a Jehová tus obras, y tus pensamientos serán afirmados”. Proverbios 16: 3
Es probable que como consecuencia de encomendarnos a Dios, Él comience a estorbar algunas de las cosas que nos deleita hacer; a proponernos otras que consideramos bobas o aburridas y en general a interferir en nuestra vida, adaptándola al nuevo estilo de persona en quien pretende convertirnos.
Debemos estar listos para ello, debemos orillarnos y permitir que Él sea el piloto:
“El corazón del hombre piensa su camino; Más Jehová endereza sus pasos”. Proverbios 16: 9
El siguiente paso será reflexionar acerca de las cosas que mantienen ocupada nuestra mente.
Iniciemos con los recuerdos.
Recordar es hacer un repaso mental de lo que hemos visto, oído o hecho.
Si nuestro tiempo se ha despilfarrado en compañía de vagos, hemos escuchado sus conversaciones y sido espectadores de sus malas acciones luego nuestros pensamientos divagarán haciéndonos recordar sus maldades.
O si por ejemplo, hemos dejado transcurrir horas frente al televisor; luego, en los momentos de quietud recordaremos las imágenes, la forma de expresarse, la forma de reaccionar de los artistas y estaremos rumiando permanentemente los mensajes a que sometimos nuestra mente.
Por otro lado, si dedicamos el tiempo a servir a nuestro prójimo, a compartir con otros las enseñanzas del evangelio, a meditar en su ley o a orar. Luego, al venir recuerdos a nuestra mente serán pensamientos de paz, de gozo, de edificación.
“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche”. Salmos 1: 1-2
Al final de cada día, evalúate y determina en base a este verso; si has o no, ganado tu bendición.
Hemos determinado la importancia que tienen nuestros recuerdos y la influencia que tienen sobre nuestros pensamientos.
Ahora, ¿En qué otra cosa se ocupa nuestro pensamiento?
En resolver el presente: ¿qué haré hoy? ¿Cómo proveeré a mi necesidad?
Pues bien, está parte se resuelve cuando nos sometemos a la voluntad de Dios, renunciamos a hacer nuestra voluntad y sometemos nuestro pensamiento a Dios:
“Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar”. Isaías 55: 7
Una vez que hemos obtenido el perdón de Dios y establecido comunión con El, estamos en condiciones de ocuparnos de nuestro presente sabiendo que el hijo de Dios dispone para sí de todo lo que necesite.
“Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: El prende a los sabios en la astucia de ellos. Y otra vez: El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro... y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios”. 1ª Corintios 3: 20- 23
Entonces, nuestros pensamientos deben enfocarse a mantener coherentes nuestros actos con respecto a nuestra relación con Dios; resolviendo cada día las cosas que se presentan, sin angustias, sin preocupaciones excesivas, confiando en la protección y el cuidado que Dios tiene de sus hijos.
“Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.” Mateo 6:34
Respecto a la planificación del futuro, el hijo de Dios sabe que lo que le corresponde es prepararse material y espiritualmente para enfrentar las cosas en que se requieran sus servicios a futuro.
Es decir, debemos planificar sobre bases muy amplias a fin de permitirnos un amplio margen de maniobra.
“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” Romanos 8: 14
“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”
Romanos 8: 28
Otra de las cosas que suelen ocupar nuestra mente son los pensamientos que nos permiten descansar, esparcirnos y hasta desconectarnos un tanto de la realidad que nos rodea.
Para algunos, es necesario invertir mucho dinero en paseos de fantasía. Otros, hacen viajes imaginarios inducidos por el consumo de drogas.
Nosotros, los hijos de Dios usamos la fe y estudiamos las promesas deleitándonos en imaginar las cosas que Dios ha prometido para aquellos que le aman.
Finalmente, diremos que nuestros pensamientos se volverán cada vez más positivos a medida que aprendamos que nuestra mente funciona como un archivador o como el disco duro de una computadora de la que tomamos ideas o pensamientos que hemos almacenado previamente.
Si en nuestra memoria guardamos cosas sucias luego sacaremos de ella cosas sucias, en cambio si guardamos cosas positivas luego podremos extraer de ella cosas positivas.
“El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.” Mateo 12:35
Nuestra Forma de Sentir
Muchas personas comparten el criterio de que sobre el corazón no se manda, es decir que piensan que es imposible manejar nuestros sentimientos.
Hasta hay un dicho popular que sostiene que “el amor es ciego”.
Los hijos de Dios sabemos que esto no es cierto.
Aunque exige de entrenamiento y disciplina especiales, es posible tomar el control de nuestros sentimientos.
Los sentimientos se controlan, es más no solo se controlan sino también se manipulan.
Al que no ha sido ejercitado en esta lucha le resulta difícil creer lo que afirmo, pero si lo analizas verás que tengo razón. ¿Como si no, sería posible cumplir la divina orden: “amarás a tus enemigos”?
Sólo si aprendemos a transformar un sentimiento tan fuerte como el odio y lo convertimos en amor habremos aprendido el arte del alquimista, y entonces estaremos en capacidad de seguir algunos de los principios cristianos más difíciles.
Así como hemos comparado nuestra mente con el archivo principal de una computadora, diremos que en general el ser humano, reacciona a determinados estímulos según lo hayamos programado previamente.
La educación es una forma de programar al individuo para reaccionar frente a dificultades parecidas a las simuladas en el aula.
Por ejemplo, cada vez que un muchacho desea saber cuanto dinero ganó dedicando su domingo a podar jardines, simplemente suma lo que ha recolectado y entonces obtiene el resultado que desea.
Hay formas más sofisticadas de programar nuestras reacciones frente a circunstancias especiales; el muchacho que asiste a un gimnasio de artes marciales, aprende a programar su mente y su cuerpo para reaccionar de manera específica frente a una agresión.
Un oficial de policía se ha entrenado para reaccionar de manera diferente dependiendo de si enfrenta a un delincuente desarmado o armado.
El oficial de bomberos se ha entrenado para usar procedimientos diferentes dependiendo de si hay vidas en riesgo o no. Si las hay, se reacciona de forma más agresiva y se toman riesgos que en caso de no haber vidas de por medio no se tomarían, aunque existiese la posibilidad de que los daños materiales aumentasen.
¿Cómo espera la sociedad que reaccione un joven frente a la posibilidad de tener una relación sexual? ¿Y cómo se espera que reaccione una chica frente a la misma situación?
Nada complicado, esperamos que ambos reaccionen conforme han sido entrenados para tomar decisiones y de acuerdo a como les hemos educado para hacerlo.
Al joven, se le pedirá que actúe siendo caballero y considerado pero muy decidido, se espera que no deje pasar por alto una oportunidad así, porque eso dejaría en tela de duda su virilidad y además se espera de él que usando su inteligencia use protección.
A la joven en cambio, se le exigirá que evite situaciones y lugares en las que pueda verse comprometida, que exija se le respete y se niegue a cualquier proposición deshonesta. En todo caso deberá encontrar la forma de rechazar el ofrecimiento de la relación sexual so pena de ser considerada una cualquiera.
¿Qué hace posible que ante la atracción sexual el hombre y la mujer reaccionen de forma tan diferente? La educación y el entrenamiento.
De esta manera llegamos a la conclusión de que los sentimientos y las pasiones pueden ser manejados, controlados o manipulados por la persona que se ha entrenado para hacerlo.
Veámoslo desde el punto de vista bíblico:
El apóstol Pablo requiere de los hermanos en la ciudad de Corinto que amonesten a uno de entre ellos que avergonzaba el ministerio practicando cosas que ni aún se mencionaban entre los gentiles.
Con el tal ni aun comáis…, no hablen con él, no lo visiten, ignórenlo, abandónenlo; parece una actitud incoherente con lo que es el diario vivir de un Hijo de Dios.
Pero era necesario que los hermanos ayudaran a hacerlo comprender la magnitud de su desvarío, el propósito detrás de la orden era hacerlo sentir culpable y que la culpa lo moviera al arrepentimiento.
Sin embargo, cuando el propósito se hubo logrado el apóstol vuelve a requerir de los hermanos en Corinto que cambien su manera de sentir:
“Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él.” 2ª Corintios 2:6
Primero: no le hablen, luego: háblenle, ámenle y consuélenle, ¿acaso no es eso manipular los sentimientos?
Dios nos dio la capacidad de manejar nuestros sentimientos y nos exige que ejercitemos esa capacidad:
“Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión. No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.” Romanos 12: 14 al 18
¿Que considera el mundo como normal? ¿Que pidamos a Dios cosas buenas para los que nos aborrecen? ¿Qué seamos generosos con el que procura hacernos daño?, claro que no.
El mundo esperaría que fuésemos implacables. Que hiciéramos llover fuego sobre el que dice mal de nosotros; que provocásemos que la tierra se abra y trague a aquel que procura hacernos daño.
Sin embargo, Dios espera de nosotros algo diferente.
Que contengamos nuestros sentimientos y los transformemos:
“Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición.”
1ª Pedro 3: 8, 9
Si aún no estás convencido de que es posible tomar control sobre nuestros deseos o sentimientos, te reto a hacerte una pregunta:
Si alguien te ofreciera hoy el poder escoger entre ser un hombre pobre o uno rico, ¿Qué escogerías?
El sentido común lleva a escoger la comodidad y el bienestar de la riqueza, pero el Hijo de Dios ve más allá y a veces escoge lo que otro no tomaría para sí:
“Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón.”
Hebreos 11: 24, 26
¿No es un hermoso ejemplo de cómo un hombre de Dios controla sus deseos o sentimientos?
Hemos dicho entonces que para poder vivir la decencia que Dios exige de sus hijos, es necesario ejercitarse a diario en dos aspectos fundamentales:
a) El control sobre nuestra forma de pensar.
b) El control sobre nuestra manera de sentir.
Siendo diestros en la práctica de los literales anteriores, resulta mucho más sencillo pensar en que hemos de poner bajo control nuestra manera de actuar.
Al tomar control de nuestros pensamientos y sentimientos, también tomamos control sobre nuestros actos y podemos cumplir el mandamiento:
No den mal ejemplo a nadie; ni a los judíos, ni a los no judíos, ni a los que pertenecen a la iglesia de Dios. 1ª Corintios 10:32 (DHH)
Al final, de eso se trata la decencia.
De ser capaces de vivir sin ofender, sin lastimar:
“Valor moral que nos impide avergonzar o herir la sensibilidad ajena…”
Y en lugar de eso, aprender a lograr que nuestra vida sea un ejemplo para la de los demás:
“Esto manda y enseña. Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza.” 1ª Timoteo 4: 11, 12
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